El mismo amor, la misma lluvia (1999)
Cuando Juan José Campanella sorprendió con la película El hijo de la novia, algunos críticos y aficionados al cine comentaron que la revalorización de su anterior obra, El mismo amor, la misma lluvia, se debía, en parte, a ese auge comercial que sufren las obras de los artistas al ser adecuadamente comercializadas. El valor de la obra habría subido especulativamente, casi como si de acciones en bolsa se tratara. Nada más lejos de la realidad... Se puede decir que El mismo amor, la misma lluvia es una película absolutamente redonda.
Un retrato de Argentina, un país que, durante décadas, ha sufrido cambios traumáticos –dictadura, revueltas, corrupción, crisis…- nos viene representado por los personajes de esta película, y, cómo no, conducidos por un inconmensurable Ricardo Darín, que encarna a Jorge, un escritor frustrado que ha de adaptarse a las circunstancias, y publica lo que le permiten en una revista para la que trabaja. El amor entre el escritor y Laura (Soledad Villamil) va pasando por distintas grietas –del mismo modo que Argentina experimenta una perpetua inestabilidad-.
El éxito de la película no radica sólo en la interpretación de los actores principales, sino en todo el elenco de intérpretes elegido: la frustración de un país que sufre lo indecible nos viene representada por medio de las distintas figuras que transitan por la película; a través de ellas conoceremos la corrupción, la hipocresía, el egoísmo, la tristeza y, sobre todo, el miedo. En una mezcla de irónica comedia y duro drama, Campanella borda una película que –es lamentable decirlo- llegó a España tres años después de su estreno en Argentina. Quizá eso signifique que otra obra maestra haya nacido ya, y no nos hayamos enterado…
Un retrato de Argentina, un país que, durante décadas, ha sufrido cambios traumáticos –dictadura, revueltas, corrupción, crisis…- nos viene representado por los personajes de esta película, y, cómo no, conducidos por un inconmensurable Ricardo Darín, que encarna a Jorge, un escritor frustrado que ha de adaptarse a las circunstancias, y publica lo que le permiten en una revista para la que trabaja. El amor entre el escritor y Laura (Soledad Villamil) va pasando por distintas grietas –del mismo modo que Argentina experimenta una perpetua inestabilidad-.
El éxito de la película no radica sólo en la interpretación de los actores principales, sino en todo el elenco de intérpretes elegido: la frustración de un país que sufre lo indecible nos viene representada por medio de las distintas figuras que transitan por la película; a través de ellas conoceremos la corrupción, la hipocresía, el egoísmo, la tristeza y, sobre todo, el miedo. En una mezcla de irónica comedia y duro drama, Campanella borda una película que –es lamentable decirlo- llegó a España tres años después de su estreno en Argentina. Quizá eso signifique que otra obra maestra haya nacido ya, y no nos hayamos enterado…
